La casa de las luciérnagas

LA LUCIERNAGA

luciernagas

Ya ha muerto la luciérnaga

sobre el mojado cuerpo de la lluvia

 

Ya ha callado el zorzal

enredado en un mundo de hilos

hechos por hombres, a su medida,

porque en sus manos

se oscurece el universo

ocultando la estrella de la libertad.

 

Ya gime el maíz

su encierro de acequias

convocando la vengaza

de los hijos del pólen

los hijos soñados

paridos desde el surco

por las grietas del barro.

 

Ya no puedo volverme

agua de luz

y navegar la verde espuma

de la higuera

 

Ya cansada el ave de luna

entrega toda su vida

en la boca de los galgos

y su insomnio de hambruna.

 

Ya casi nada podrá volverse a favor

de nosotros, los enfermos

del tiempo liberador

y este, nuestro Nada-Amor

socava y perfora su imposible

hasta tragar

la lágrima agria de su dios.

 

© Rubén Darío ROMANI

Mendoza, Argentina
luciernagas-bosque

 

¿Qué pasó con las luciérnagas?

Autor: Federico Bondone; del Boletín de Ribera Norte riberanorte@arn.org.ar

26 de junio de 2014
Las luciérnagas, bichitos de luz o isondú -como se las conoce en el área de influencia guaraní- son insectos que pertenecen al orden de los coleópteros (que reúne a los escarabajos, cascarudos, vaquitas y afines) y a la familia Lampyridae.

 

Lamentablemente, hay una tendencia a nivel mundial que muestra que este grupo de insectos tiene poblaciones cuyos números van en declinación. Otros grupos de insectos, como las abejas y las mariposas están en una situación similar, y si bien algunas causas son compartidas, otras son propias de cada grupo. Veamos entonces qué ocurre con las luciérnagas, y repasemos un poco su peculiar biología.

 

Para producir la luz, las luciérnagas poseen una sustancia llamada luciferina, la cual emite luz por acción de una enzima, llamada luciferasa. Para que esta reacción se produzca, se consume adenosíntrifosfato (ATP), un “combustible” presente en todos los seres vivos.

 

Casi todas las luciérnagas utilizan patrones lumínicos para comunicarse (hay unas pocas especies que no emiten luz); esta comunicación es particularmente relevante y compleja durante el cortejo. Las hembras de la mayoría de las especies conservan un aspecto semejante al de una larva y no tienen alas o son rudimentarias; los machos en cambio vuelan, y desde el suelo y el aire unas y otros emiten sus mensajes. En las noches cálidas es cuando podemos ver estos despliegues, sobre todo a orillas de algún tipo de cuerpo de agua (bañados, lagunas, ríos y arroyos) o en zonas húmedas.

 

En general tienen una vida adulta corta, lo suficiente como para reproducirse. Los huevos son depositados entre la hojarasca o el mantillo que cubre el suelo del bosque o pastizales altos, donde se desarrollarán las larvas. La vida larvaria dura hasta la siguiente estación reproductiva, donde se producirá la metamorfosis. Tanto las larvas como los adultos son cazadores, comiendo las primeras babosas, caracoles, gusanos y otros invertebrados blandos, y los segundos pueden cazar otras especies de luciérnagas, otros insectos y hasta comer polen o néctar de flores; de todos modos, muchos de los hábitos alimentarios de las luciérnagas continúan siendo un misterio. Incluso se sospecha que algunas especies en su fase adulta no se alimentan, como sucede con algunas moscas y mariposas.

 

Además de servir como un método de comunicación intraespecífica, la bioluminiscencia de las luciérnagas sirve como una advertencia para los posibles predadores; también desarrollaron sustancias de sabor desagradable, por lo que si un predador las prueba una vez, no volverá a hacerlo en una segunda oportunidad.

 

¿Pero por qué hace 40 ó 50 años había luciérnagas en todos los jardines y ahora sólo las vemos en el campo, si es que las vemos? Repasemos las distintas causas y algunas alternativas que ayuden a mitigarlas.

 

Las luciérnagas son nocturnas y utilizan la luz para comunicarse. Muchos estudiosos señalan como una de las principales causas en la disminución del número de las poblaciones de luciérnagas a la contaminación lumínica, que estaría interfiriendo con los mensajes y ahuyentando a estos insectos. En las áreas urbanas y suburbanas la iluminación artificial de veredas y carteles publicitarios va en aumento; en las áreas rurales las zonas aledañas a las autopistas van por el mismo camino. Si vivimos en una casa con jardín, algo que podemos hacer para ayudar a las luciérnagas es apagar las luces del jardín cuando no lo utilizamos.

 

Como vimos, a las luciérnagas les agrada la proximidad del agua. Muchos humedales actualmente son drenados para aprovecharlos para cultivos, o son rellenados para el desarrollo de proyectos urbanísticos exclusivos. De hecho, la ciudad de Buenos Aires y sus alrededores alguna vez tuvieron montones de lagunitas de las que hoy no quedan rastros. Para ayudar a las luciérnagas (y a muchos otros seres vivos) es importante que defendamos los humedales de los negociados que funcionarios y privados realizan en perjuicio de todos; si contamos con un jardín, armar un pequeño estanque puede resultar atractivo para las luciérnagas (hay que recordar poblarlo con los peces llamados Phalloceros caudimaculatus y Cnesterodon decenmaculatus, conocidos como “madrecitas”, para que se coman a las larvas de mosquitos).

 

Como se trata de especies nocturnas, durante el día suelen ocultarse debajo de troncos, cortezas o entre los pastos altos. Disponiendo viejos troncos en rincones del jardín, y dejando algún manchón de pasto alto, podemos colaborar dando refugio durante el día a las luciérnagas.

 

Cuidemos los árboles existentes y plantemos nuevos, ya que la corteza proveerá un refugio a los adultos y el mantillo formado por las hojas que caen generará un ambiente propicio para las larvas. Recordemos además que el uso de especies nativas (de todo tipo de plantas, no sólo árboles) atrae insectos que se alimentan de sus hojas, y muchos de esos insectos son presas de las luciérnagas. Por el mismo motivo, no es bueno utilizar insecticidas, ya que los mismos no discriminan entre insectos comedores de plantas e insectos predadores.

 

La restauración del paisaje originario en las áreas urbanas es una tarea difícil pero no imposible, y va más allá de la voluntad de funcionarios y medidas de gobierno: depende directamente de lo que cada uno elija a la hora de poner un árbol en la vereda, una planta en una maceta o en cómo diseñamos y manejamos nuestros jardines o balcones. Entonces cabe preguntarnos ¿qué estamos haciendo en casa para que vuelvan las luciérnagas?

Federico Bondone

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