Celebrando la Independencia del Paraguay… a oscuras!

Casa de la Independencia, Asunción.

Casa de la Independencia, Asunción.

Que el último apague la luz…

Escribe Alejandra Peña

Frente a una lúgubre Casa de la Independencia
a oscuras con el foco en la fachada literalmente quebrado, tal vez dando señales de que los nuevos “dueños de casa” a costa de jugosas subvenciones y salarios públicos no se ponen de acuerdo sobre qué parte de los muebles o las baldosas del patrimonio público se llevará cada uno a su casa; como anunciando la víspera de un desalojo -¿o despojo?- , sin un gesto de apoyo, en la calle, la noche del 14 de mayo los jóvenes de la Fundación Manduara encarnaron a los Cavallero, los Francia, los Yegros y los Iturbe, que esta vez no contaban con el acogedor salón de los Martínez Sáenz para conspirar, ya que la Casa de la libertad tenía las puertas cerradas a la ciudadanía deseosa de celebrar su día.

A pesar de la afrenta oficial, en un emotivo acto de representación histórica y vestidos con trajes de época, cientos de anónimos ciudadanos y ciudadanas se auto-convocaron en lo que fue el festejo no oficial del Bicentenario, el más digno y sincero, inspirado por las propias convicciones y el patriotismo como quien visita el cementerio para llevar flores a su madre, sin invitaciones impresas ni aleteos oficiales, ni estirados por la promesa de augustas visitas presidenciales.

De hecho el gobierno se merece al menos un elogio por su dejo de sinceridad al no invitar a nadie frente al lugar más emblemático de la Independencia, ya que ni las mismas autoridades de la Secretaría Nacional de Cultura de la Presidencia tenían pensado asistir, como quedó al descubierto a las diez de la noche, cuando el callejón histórico era un ciego túnel abandonado sin un fantasma que lo abriese para iniciar la fiesta ciudadana.

El coreano vecino a la casa tuvo el patriotismo de prestar su electricidad para iluminar con un cable improvisado en la desesperación de un acto que pasaría a oscuras, la conspiración simulada por actores en el callejón histórico. Alguien preguntó si el fracaso de las negociaciones con Itaipú llegaban a tal escarnio que el coreano debía prestarnos la luz para la independencia.

Una vez más realidad y fantasía intercambiaron sus roles, el teatro se volvió realidad, y la política cultural, de manos de un buen guionista, una comedia. Las antorchas, encendidas simbólicamente por la gente común, terminaron por ser los únicos puntos de luz que revalorizaban con su resplandor los edificios del centro histórico, ante la inutilidad de la Dirección de Patrimonio de la Secretaría Nacional de Cultura, Presidencia de la República, que debería encender el ánimo ciudadano iluminando la ciudad, al menos en fechas patrias, para todos los ciudadanos.

Pero al igual que hace dos cientos años, la alegría inundó la fría noche como mil luciérnagas desde la calle 14 de Mayo hasta la Plaza frente al Parlamento, ex Casa de los Gobernadores donde adolescentes y ancianos cantaron el himno más sentido que escuché en años, y encarnaron el Paraguay profundo recuperando el baile de la polca por pies propios, sin ser espectadores, al fin, de rígidos espectáculos de ballet folclórico.

La Casa de la Independencia me pareció aquella noche la metáfora de una patria cautiva, con ocupantes ausentes tan desamorados como fueron las tropas extranjeras que nos habitaron después de 1870 obsesionados por saquearlo todo y por borrar la memoria de quienes la hicieron grande.

Después de una pléyade de intelectuales de los años ´60 que salvaron este sitio sagrado de la demolición de manos inconscientes , los historiadores patriotas de actitudes humildes Gill-Aguínaga, Velilla, Pussineri, Quevedo-Pfannl, Riquelme-García y otros, quedan hoy disminuidos frente a un soberbio discurso de “protectorado”, “de cambio” y de “cultura para todos”, palabras que sus mentores no están dispuestos a sostener en obras.

Estamos todos presos de un grupo discorde que, aunque dueños de la cultura de todos, en sus numerosos museos privados, al menos eran
respetables en su “saber-hacer “, mientras permanecieran en sus guetos. Pero la novedad del gobierno de Lugo ha sido desentenderse de sus obligaciones frente al patrimonio cultural y a la memoria ciudadana, justamente poniendo estos asuntos de la cultura que le son intrascendentes en manos de los “entendidos”; pena que hasta hoy estos solo han dado muestra de que la cultura paraguaya les interesa, siempre que les aporte prestigio o dinero.
Los dueños de la Kultur paraguaya demostraron no ser ninguna garantía a la hora de velar por la memoria de
todos, en cacareados planes de gobierno participativo tan anunciados. Con un trío marcado por las peleas, un
“Protector” que no protege (salud, Señor Latourrette), un Director que no Dirige (salud Señor Colombino) y un
Ministro de Cultura que ahora se atribuye el descontrol directo sobre la Casa de la Independencia. Sería bueno
que estos señores de la Cultura se peleen en sus museos privados y dejen de chapotear en los museos públicos, que la Laguna de los Patos se extinguió hace más de cien años.

El Protector Nicolás Darío Latourrette Bó hubiera puesto el mismo empeño con el que grabó a fuego su nombre en las baldosas de esta Casa de todos los ciudadanos y se hubiera preocupado en al menos iluminar por unas horas este que dice ser el sitio de sus desvelos.

Al menos de que el festín haya sido tan opíparo que a la gente común, que siempre llegamos tarde, no nos haya
quedado ni el hilo de la butifarra cultural y fiel al dicho… el último haya apagado la luz.

 

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