Don ATA, el payador de la eternidad

Claudio Bertonatti

Un 31 de Enero (de 1908) nacía Atahualpa Yupanqui en el Partido de Pergamino, Provincia de Buenos Aires.

La nota que se adjunta fue escrita en Mayo de 1992 a pedido de una publicación local de Junín. Pero va ahora como sencillo recuerdo, ya que hoy los grandes medios de comunicación no se han ocupado mayormente del asunto.
yupanqui
“COMO ACOGOTANDO UN GRITO…”, por Juan Carlos Ghioni

“En algo nos parecemos
luna de la soledad
yo voy andando y cantando
que es mi modo de alumbrar”.

Muchos años antes de aquel 23 de Mayo de 1992 que nos llevara el cuerpo de Héctor Roberto Chavero, el creador que decidió llamarse Atahualpa Yupanqui, determinaba con sentido profético que sus canciones pondrían una gota de luz en las almas de quienes atendieran su mensaje. Se nos fue pal’ silencio –como él gustaba llamar a ese asunto que es morirse-, lejos de su Pampa, sus montes y sus montañas como certificando que cualquier lugar es bueno para morir cuando un hombre pertenece al mundo todo.

Porque el Viejo Ata fue un artista universal con o sin proponérselo, eso ya no importa. Lo fue como lo son todos los que no ponen límites a su arte y, de hecho, los límites territoriales caen. Su obra se le adelantó, le ganó dos pasos en la movida y de allí en más le marcó el camino que él nunca se negó a transitar tal vez por aquello que a cierta altura los hombres y sus creaciones se confunden en una sola espiga esperanzada, piensa uno recordando a un gran poeta salteño.

Así fue que su arte entró en Europa por París de la mano de Edith Piaf cuando poco tiempo atrás habían quedado los cuarenta abriles. Grandes salas de concierto, pequeños teatros de provincia, monasterios, capillas, anfiteatros y hasta cruceros musicales por el Mediterráneo en compañía de su amigo Arturo Rubinstein, supieron de su figura aindiada, su casi excesiva sobriedad, de sus gatos, vidalas, milongas, bagualas y chacareras que conformaron el léxico de un artista cabal que supo bajar todas las barreras idiomáticas.

Tal vez su filosofía se resuma en unas pocas, breves y profundas frases que Don Ata gustaba colgarle a un ignoto tío Gabriel: “hay que cuidar lo de adentro, que lo de afuera es prestau”. Así vivió y murió, cuidando lo de adentro y poco preocupado por lo de afuera. Por lo primero fue encarcelado varias veces en su propia tierra y por lo segundo, soportando estrecheces económicas.

EL POETA

Lo particular de la poesía yupanquiana no estriba en lo temático. Generalmente el hombre, la vida, la muerte y la esperanza son los temas que ocuparon a todos los poetas desde que se tiene noticia. Aquí lo que importa es el vehículo en el que cabalgan las historias, vale decir, el lenguaje y las formas. Yupanqui manejó con maestría y hondura la copla, forma difícil si las hay, sobre todo por el estrecho corsé de su brevedad; la sextina, al modo de Martín Fierro y la décima, la manera payadoril por excelencia. El lenguaje, por su parte, fue una prolongación de la personalidad del autor: decir cuanto sea posible con la menor cantidad de palabras, característica irrenunciable del medio al que perteneció y representó. Veamos una estrofa de “El Payador Perseguido”:
“Tal vez otro habrá rodao
tanto como he rodao yo
y le juro, creameló,
que he visto tanta pobreza
que yo pensé con tristeza
Dios por aquí no pasó”

Una copla de “A que le llaman distancia”:
“Hondo sentir, rumbo fijo,
corazón y claridad,
si el mundo está dentro de uno,
afuera por qué mirar”.

Otro de los rasgos notables en la obra autoral de Atahualpa fue la traducción de un sentimiento –de dolor, en este caso-, sin traicionar la poesía ni caer en el melodrama. Esta copla de “El Alazán” lo explica mejor que mil palabras:
“En una horqueta del tala
hay un morral solitario,
hay un corral sin relinchos,
mi alazán, te estoy nombrando”.

Sin duda, la muerte se hará presente en quien escucha, no en quien lo dice. ¿Y que tal el remate de esta cuarteta de “Recuerdos del Portezuelo” para sintetizar una pena de amor:
“¿Donde estará la moza del Portezuelo?,
¿ están tristes o alegres sus ojos negros..?;
nunca le dije nada, pero que lindo,
siento un dulzor amargo cuando me acuerdo”.

Este viejo zorro criollo nos hizo creer que era fácil escribir como él lo hacía; allí encierra su magia y su misterio: el arte, en el mas estricto sentido del término.


EL COMPOSITOR

Si tomamos la obra compositiva de Don Ata en su conjunto, o por lo menos una cantidad significativa de ella, a poco andar descubriremos fácilmente que un sello distintivo se impone: sus canciones están unidas por un hilo que no las confunde ni las apelmaza, pero tampoco deja ninguna librada a su suerte; cada una tiene vida propia, pero también -fundamentalmente- es parte de un todo. La coherencia de este artista será sin duda modelo y patrón para quienes abracen este género del arte o cualquier otro. Podría decirse que Yupanqui compuso a lo largo de más de sesenta años de creación una sola gran obra, de la cual podemos tomar partículas que llamamos canciones e identificamos con distintos nombres.

La belleza depurada de sus melodías, la aparente sencillez con que resolvió cada caso según la imposición de la medida y el carácter de los versos y los distintos ritmos, nos pone definitivamente ante un hecho singular en la música de raíz folklórica en especial y señala un fenómeno poco común en la música argentina en general. También es notoria la amplitud del panorama musical de Atahualpa, si consideramos que, salvo Cuyo y el Litoral –aunque de aquí dejó alguna milonga “tirando a chamarrita”-, no hubo región o ritmo que le fuera extraña a su creación, dejando páginas magistrales en cada caso.

Otro detalle para destacar es la amalgama entre la música y la letra de sus composiciones. Es sabido que no bastan una gran melodía y un excelente texto para conformar una canción trascendente. Es imprescindible que entre ambas haya algo que las una más allá del ensamble técnico. Debe haber una comunión esencial, un punto de unión en el meollo, algo innominado e imposible de prever y de aprender. Esto sale o no, así de simple.

También en esto Yupanqui marcó rumbos: pensemos en las primeras cosas que nos vengan a la mente: “Luna Tucumana”, “Camino del Indio” (compuesta a los 19 años), “El Arriero”, “El Alazán”, “La Añera”, “Vendedor de Yuyos”, “Recuerdos del Portezuelo”, etc. Algunas de estas obras –y muchas mas-, fueron compuestas por su compañera y gran colaboradora, Antoinette Paula Pepín Fitzpatrik, esa mujer que jugó su carrera de gran pianista optando por el nombre artístico de Pablo del Cerro poniéndose a la par del Maestro para conformar un protocolo artístico difícil de igualar. Un compendio de cosas resueltas a lo grande, a lo grande en un ámbito de humildad e inocencia.

EL INTÉRPRETE

El caso de Atahualpa Yupanqui como intérprete está compuesto de tantas facetas que, sumadas, el resultado es previsible: único en su género, maestro de maestros. Si tomamos al guitarrista, veremos que en él se equilibran los elementos técnicos y los innatos. Manejó la guitarra como pocos, fruto del estudio de los clásicos en su mocedad, pero jamás desdeñó una actitud criolla para la ejecución, lo cual dio como resultado el inconfundible e incomparable “sonido Yupanqui”. Él mismo lo ha dicho alguna vez: “yo nunca he sido un técnico, siempre fui un sentidor”.

María Luisa Anido, la gran concertista argentina, intento definir el fenómeno del “sonido Yupanqui” de esta manera: “todos sabemos que un mismo instrumento suena diferente en las manos de distintos músicos; ahora bien, si queremos pensar que hay un sonido de guitarra en estado puro, incontaminado, no ya de un instrumento en particular, sino de la guitarra en general, debemos creer que ese sonido es el de Yupanqui; no Segovia ni Yepes ni Willams: Yupanqui”. Esto dicho por alguien que sabe, es mucho decir.

Cantó sus canciones por todo el mundo con un caudal de voz con que otros no se animarían a hacerlo ni en la privacidad de su hogar, pero él mismo define esto en los cuatro primeros versos de una décima de su “Milonga del Solitario”: “Yo no tengo gorgoritos / ni nunca los precisé / toda la vida canté / como acogotando un grito”. Yupanqui cantó teniendo “porqué” no “con qué”.

El Maestro sobre el escenario conformaba un hecho artístico muy variado, complejo y simple a la vez. Se estaba en presencia del cantor, guitarrista, poeta, compositor, narrador de antiguos sucesos, del hombre que manejaba la ironía, la crítica y el humor, todo vibrando sobre una misma cuerda: en primer lugar el respeto por su condición de artista digno, lo demás venía por añadidura. Sus presentaciones generalmente no congregaban grandes multitudes, porque el elemento convocante era el prestigio no la fama, esta forma prostituida del éxito. Su público lo escuchaba con devoción, consciente que había que aprovechar cada frase, cada nota, cada gesto, tal vez irrepetibles. Al final de cada canción le seguía un instante de reflexivo silencio, para luego premiar al artista con el aplauso.

Don Ata se fue para el silencio, pero su obra seguramente no conocerá esta circunstancia jamás porque muchas de sus canciones ya las silba el pueblo sin recordar quien fue su autor, ya entraron en lo anónimo, en lo de todos y de nadie. Es éste el mas alto ideal de la música popular, y, sin duda, el mas proclamado de los deseos del viejo Maestro, como que él lo sabía desde mucho tiempo atrás, por lo menos desde cuando escribiera aquella sextina de “El Payador Perseguido”:
“Y aunque me quiten la vida
y engrillen mi libertad,
y aunque chamusquen quizá
mi guitarra en los fogones
han de vivir mis canciones
en l’alma de los demás..”

Sólo resta esperar que seamos dignos depositarios y celosos custodios de tan alto legado.

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